Tuve una hermosa niñez con respecto al verano, en realidad toda mi niñez fue hermosa aunque pasábamos muchos apuros en la parte económica; pero hoy quiero hablar de los días de aquella etapa de mi vida.
Quiero y debo ser breve porque no puedo escribir en el teléfono tan rápido como pienso y mucho menos dictarle las palabras que quiero que escriba, porque no articulo bien las palabras.
Cuando vivíamos en Miraflores, estábamos a solo seis cuadras de la quebrada de Armendáriz y a partir de allí era un “tormento”?, porque no existían las pistas de la Costa Verde y todo el camino, sobretodo la bajada era muy peligrosa, llena de piedras, encima eran redondas, seguramente hace muchos años era la desembocadura de un río. Al final de la quebrada estaba la recompensa, la extensa playa por ese entonces de Barranquito, donde en plena temporada de verano sólo habían “cuatro gatos” y toda la playa sólo para nosotros.
Ya después de puso de moda la playa Agua Dulce, con sus carpas de tela de colores de colchón antiguo, pero me quiero centrar en lo que era la playa de Barranquito.
Después del agua salada del mar y de la arena acumulada en nuestras ropas de baño no había nada mejor que enjuagarnos con el agua que caía de los acantilados y que era mucho mejor que un duchazo que obligatoriamente debíamos darnos pues el camino de regreso era duro y de subida y más aún que regresábamos con el cuerpo cansado. Escuchábamos música de Los Diablos, La Fórmula V, Los Módulos, Los Iracundos, Los Ángeles, Los Traffic Sound, Palito Ortega, Los Shoking Blue, etc…
Cuando nos mudamos a San Francisco de la Tablada de Lurín, el cambio fue drástico. De vivir a seis cuadras de la quebrada de Armendáriz a tener que cruzar todo el desierto de Villa el Salvador para alcanzar el mar y un mar bravísimo, cruzar el desierto, las granjas y los perros salvajes que las cuidaban. Desierto donde se libró la batalla de San Juan de Miraflores, recuerdo que casa vez que pasábamos por allí encóntrábamos balas y botones de los uniformes chilenos, nunca peruanos y siempre lo digo, creo que nuestros pobres compatriotas, pelearon “calatos”.
Pero teníamos algunas ventajas, como ustedes saben, el morro solar de Chorrillos era y sigue siendo aún en este siglo XXI, el punto preferido para colocar las antenas transmisoras y retransmisoras de los canales de televisión y nosotros podíamos ver canales de televisión de otros países sin necesidad de tener antenas especiales.
Las más extraordinarias y mejores puestas de sol las veía con solo salir a la puerta de mi casa y tenía costumbre de controlar a que hora desaparecía el sol en el viejo despertador de color verde con fondo negro, números, minutero y horario de color dorado. Y estoy escribiendo sólo del verano y no de los cambios de clima.
Siguiendo con el verano, si en Miraflores tenía las playas de Barranco y Chorrillos en La Tablada de Lurín se había duplicado las opciones: las lagunas y el mar. Las lagunas no eran esos sitios asquerosos de agua empozada y maloliente que hoy llaman Los Pantanos de Villa y hasta lo presentan como un lugar turístico y agradable donde pasar un domingo en familia. Lo cierto de esos pantanos es que quedaron como un lugar final y/o de paso para algunas especies de aves migratorias.
Las lagunas que no tenían nada de Pantanos, eran de agua limpia y cristalina que corría y se veía como brotaba del medio del desierto rodeado de juncos que hacían más soportable el calor, dónde sólo había unas poquísimas casas, cuyo negocio era vender bizcochos, plátanos, Lulú (gaseosa desaparecida que llegó con la novedad en el Perú de embotellarla de un litro) de color roja y cerveza recontra heladas porque en medio del arenal las refrigeradoras funcionaban a querosene, igual que las lámparas que nos alumbraban en la noche; para nada se les ocurría preparar comida. Parece un cuento de mi invención, Pero escribo esto porque lo viví, porque son mis recuerdos. La opción dos era ir al mar, a las playas de Lurín que eran recontrabravas o a Punta Hermosa dónde había olas pero era muy manso el mar o mejor aún, la playa de San Bartolo, donde no había ni olas.
Ángel, ex esposo de mi tía Ruth, tenía un amigo que tenía un camioncito con el que se ganaba la vida, no recuerdo el nombre del señor pero el camioncito tenía un nombre, se llamaba Lusitania y con el Lusitania conocimos las playas del sur.
Como no teníamos el agua de los acantilados para enjuagarnos el agua salada y está vez si era definitivo porque no había que sudar para regresar y peor aún, no había agua en casa y estaba carísimo llenar el pozo que teníamos, fácil, nos enjuagábamos en el río Lurín que venía con mucha agua, pues era temporada de lluvias en la sierra. Hasta hoy recuerdo lo heladito y refrescante del río Lurín cuando el Lusitania paraba durante casi media hora para que nos enjuaguemos en las cristalinas y heladas aguas del río y no habían sectas religiosas de cochinos barbones y piojosos que con el pretexto de bautizarse se daban su baño anual. De verdad tengo muy buenos recuerdos del verano en mi niñez, buenísimos y me alegra mucho el haberlos vivido. Tengo muchas más historias y no solamente de verano, sino de mi vida, de trabajos, de aventuras, de amores falsos y verdaderos que iré publicando y para mí es muy cierta la frase con todas las carencias??? que tuve cuando fui niño… Todo tiempo pasado fue mejor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario